martes 12 de diciembre de 2006

Ariel Cortez

Texto para la exposición realizada a comienzos del 2006 por el plástico en el Museo Hugo Irureta, Tilcara, Jujuy.


Universo complejo el de la plástica; quizá porque refleja, como en ningún otro arte, lo inmanente del autor. Todo artista adolece de los límites espacio-temporales de una manera desgarradora porque está compelido a rebelarse ante ellos a cada paso del proceso creativo. Pero rebelarse también es revelarse: la tela en blanco con sus márgenes tan perfectos, es la invitación a volcar en ella algo tan caótico como el espíritu y en el mismo acto quedar completamente desnudo, sin ataduras, sin el pesado traje de lo palpable del día a día. El arte empieza una vez transpuesto el límite, antes no hay nada.

En los cuadros de Cortez existe la constante sensación de que la tela quedó chica, que fue insuficiente para contener el espíritu del artista. No es sencillo para el observador mantener la indiferencia que aconseja el objetivismo crítico ante un cuadro que, cargado de colores intensos y figuras tajantes pero imprecisas, parece que está a punto de desbordarse sobre la pared que lo sostiene ante el mínimo movimiento. Esa sensación incomoda, atemoriza y al mismo tiempo fascina.

Jujuy tiene una variedad envidiable de artistas plásticos que son reconocidos en todo el mundo. Montoya, Sánchez, Irureta, Aleman… y la lista sigue. Y gran parte de ese reconocimiento tiene sustento en la recepción de numerosos aplausos a la casi perfecta armonía que logran en cada cuadro, donde todo tiene un equilibrio cargado de sensibilidad y de sentido, pero, a mi entender, lo distintivo de Cortez está en la trasgresión del equilibrio inicial del proceso creativo -donde todo es tan medido, donde la elección de los colores y pinceles es tímida y temerosa-, a través de una carga desmedida de euforia que alcanza ese impacto visual de desborde: la amenaza constante de los colores de venirse encima, de teñir los grises de la realidad a fuerza de pincelazos ardientes en llamas. Los mejores cuadros de Cortez son aquellos que alcanzan la belleza a través del rompimiento de lo dado.

Ese rompimiento se sustenta en una dualidad bien definida en cada cuadro. Dualidad que generalmente se da entre opuestos más que en pares. Gran parte de la obra de Cortez se divide en cielo y tierra, y aunque ambos formen una unidad en la naturaleza, él marca, ya sea con un cambio brusco de color o con una figura disyuntiva, dos espacios claramente distintos el uno del otro, destacando de esa manera las particularidades de cada uno y la preeminencia que tendrán a posteriori como base del concepto principal. Porque también hay que decir que, si bien trabaja siempre con los elementos primarios (fundamentales), éstos nunca llegan a ser los protagonistas excluyentes de su obra. De esa combinación proporcionada de tierra, aire, agua o fuego aparece, como endemoniada, una figura que desata el caos y que viene a ser la que justifica la obra, la que detona las llamas que incendian lo cotidiano para alcanzar, mediante el despojo que implica desnudar y entregar el espíritu al arte, la belleza. Despojo… Entrega… Desnudo… Alcanzar la belleza es consumar la nada, porque la nada es la forma pura por excelencia.

Cortez goza, como pocos en el arte, de buena salud. Sólo hay que dejarse fluir en la contemplación y abandonarse al fuego ígneo de su obra.

1 comentarios:

Paco M. Sánchez dijo...

Oka, esta bueno tu texto, Ariel me dio permiso para incluir una parte del mismo en la reseña de su obra (supongo que vos tambien,ja!)en mi galería de Arte U+Wa.
Salutes.

Publicar un comentario en la entrada